La frase del mes

"...Yo no estoy contra la policía, simplemente me da miedo..." (Alfred Hitchcock)

19 febrero 2008

De Alta Gracia a Cuba

Estos días la palabra revolución pasa por mis pensamientos de manera extraña. Extrañamente, repetidas veces la vengo... ¿buscando? ¿siguiendo? Lo cierto es que desde el día que tuve la oportunidad de viajar a Alta Gracia, Córdoba, hasta hoy, volví a leer y releer mucho de lo que había leído sobre la revolución cubana. Eso, más una nueva biografía del Che que, por prejuicio a Pacho O'Donell, nunca la había leído. Lamentablemente a O'Donell lo tengo asociado en mi memoria de juventud al capítulo menemista de la historia Argentina. Mal que le pese, es así. Y no puedo concebir, ni entiendo, por qué un tipo que ha hecho obras de teatro tan geniales como "Escarabajos" o "Lo frío y lo caliente" se prestó a ser secretario de cultura de un presidente que ha vaciado de contenidos a toda una generación de argentinos. Yo lo he vivido en carne propia, desde mi humilde posición de coordinador de talleres de multimedia en distintas escuelas. No me olvido cómo dejó marcado en el pensamiento de los niños de esos años de gobierno la idea de vivir fácil, sin sacrificios, gastando como ricos a cualquier precio, aunque la sangre de otros se ponga en juego.

Es precisamente el pensamiento opuesto de gente como Manuel de Falla y, aunque esté en las antípodas del gran maestro, el Che Guevara, lo que me atrajo ir a Alta Gracia. Dos símbolos de perseverancia, estudio, sacrificio, entrega en cuerpo y alma. El trabajo permanente por las convicciones hasta la muerte. Llegué a la casa del gran compositor con una tormenta terrible pisándome los talones. Para ser sincero debo agradecerle a la lluvia, porque pasé más tiempo del que pensaba en esa casa, lo que derivó en una lectura minuciosa de cada cartelito, recorte o libro que se encontraba en las habitaciones de la casa-museo. Hasta tuve el privilegio de escuchar una magnífica ejecución de una obra de Bach en el mismísimo piano que usara Don Manuel en sus últimos años de vida, por un estudiante de música clásica venido de La Plata, acaso otra ciudad simbólica por la batalla mantenida por sus estudiantes en épocas de dictadura.

En medio de mis vacaciones apareció la palabra exilio. Creo que hay palabras que conviven con uno permanentemente porque de alguna manera las buscamos. Me había ido de Buenos Aires el 9 de enero despidiéndome desde el programa radial Utopias en FM con un testimonio recogido a Juana, una mujer que en su juventud se llamaba Libertad pero que a causa de la dictadura franquista debió cambiarlo por Juana. Y aquí en casa de Don Manuel aparecía el tirano Franco nuevamente. Por eso, me llamó poderosamente la atención todo el tema del traslado de sus restos a España. El maestro hubiera preferido que su cuerpo volviera en post dictadura, y sin embargo la palabra del tirano y de los suyos no habían respetado ni siquiera esa voluntad. Casi el único pedido de alguien que había sido ferviente católico toda su vida, y quienes dicen defender la moral de la iglesia no respetaban ni un décimo de sus deseos.

En la descripciones y detalles de la vida de Falla aparecen fotos y rememoraciones a García Lorca. Mirando por la ventana de la casa se puede ver, casi al pie de la calle, el parque dedicado al poeta. Como la tormenta ya había pasado decidí ir con mi familia hasta allí. Desde la loma de la calle donde habitaba Don Manuel se ve una cruz sobre un cerro. No es que me atraigan las cruces, pero donde hay cruces por lo general hay buenas caminatas hacia algún cerro. Asi que el rumbo fue diferente, primero ver donde se enclavaba esa cruz y de allí al Parque Lorca. Paradójico, pero la cristiana caminata concluiría con la visita a dos símbolos antagónicos: el parque del poeta, y la casa que habitara Guevara en su niñez.

Después de largos trechos de subidas y bajadas, me enteré que ese camino era la famosa ruta de la virgen de Lourdes, y aunque no tenga religiosidad alguna debo decir que me impresionó ver la cantidad de deseos y pedidos a la virgen plasmados en azulejos, velas, casitas de madera, flores y recuerdos de todo tipo. Es impactante ver como el dolor se puede mitigar con promesas espirituales. Supongo que el pensamiento mágico sigue dominando al ser humano, y creo que en parte esas velas derretidas sirven para aplacar el dolor que nos produce la muerte de seres queridos.

Para mi fue significativo la visita a la casa del Che después de todo esto. Ver dos mundos tan distintos por momentos trae reflexiones encontradas. Al llegar a lo del Che, debo decir que esperaba algo más de lo que vi en aquella visita. Me impactó que la mismísima casa de Ernesto Che Guevara estuviera plagada de alarmas, guardias de seguridad y personal turístico que parece cansado de ver gente; me pareció incluso que la palabra Che les producía cierto escozor. Pensé en mis tiempos de secundaria, cuando trabajaba en un laboratorio de química haciendo controles de calidad sobre distintas latas, entre ellas las de duraznos. Sobraban tantas latas que siempre llevaba a casa para toda mi familia 4 o 5 por semana. Me hastié tanto de verlos, que durante casi 5 años no probé un solo durazno en almíbar. Capaz era el mismo efecto sobre estas muchachas modernas vestidas de cubanas pero que por sus curvas y su bijouterie parecían más preocupadas por comprarse el último celular de moda que por saber al menos un párrafo de la vida de Ernesto.

La casa es un fiasco. Es verdad. Mucho de lo expuesto allí lo tengo visto y leído en revistas y libros. La moto, la bicicleta y el cartel de Propiedad Privada arrancado por el Che es lo que más me conmovieron. Pero lo cierto es que volví con ganas de abrir ese libro que dormía en casa y que me prestara la querida señora Juana, la que Franco no dejó que se llamara Libertad, el libro que escribiera Pacho O'Donell sobre el Che. Y nunca mejor momento. Parece mentira el destino, pero después de ese viaje de Alta Gracia, hoy me encuentro con el espíritu cubano a flor de piel. Porque es martes y me despierto con la noticia de que Castro dejará el gobierno. Cualquier necio tendrá que reconocer que Fidel ya es parte de la historia. Y aunque es verdad que a veces me provoca molestia el hecho de que un cubano no pueda salir de Cuba para visitar, por ejemplo, el mismísimo lugar donde cayera Ernesto, es innegable que 49 años sin capitalismo en una isla es una proeza magnífica.

Pero no quiero caer en el facilismo de opinar sin saber. Por eso, en estos días voy a dedicarme a leer todo lo que significa Cuba. Al menos para confirmar o desechar la idea de que vivir con otras ideas, diferentes a las que dicta el mercado, es posible. Como lo hacía el Che, que además de tener unas pelotas enormes para combatir a opresores y torturadores, sabía pasarse grandes momentos de su tiempo leyendo y estudiando. Les guste o no a sus detractores, que solo se molestan en pintarlo como un asesino salvaje.
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